El día amanece con calma en Mizu no Hikari, pero Akari no ha dormido. Desde su encuentro con la koi sin color, el agua ya no suena igual. Cuando se sumerge, oye murmullos. Palabras rotas, nombres sin forma, canciones que empiezan pero nunca terminan.
En una de esas inmersiones, escucha claramente:
“Hikari… no debió cantar sola.”
“El canto era para todos…”
Confundido, Akari se aleja del grupo de koi nuevos. Mientras los demás juegan en espirales o practican reflejos, él nada hacia una zona donde el agua se vuelve espesa. Allí, ve siluetas que no deberían estar allí: koi antiguos, sin ojos ni brillo, atrapados entre corrientes, como si nunca hubieran terminado de vivir su ciclo.
Mientras tanto, Aonami, muy sensible al fluir emocional del agua, se detiene de golpe en pleno nado. Siente que el agua “piensa” de manera distinta. Es como si las corrientes tuvieran conciencia propia.
Aonami informa a Renga, quien decide revisar los registros cantados del primer ciclo. En una roca musical —una que solo puede leerse con vibraciones— encuentra algo alarmante: una advertencia dejada por Suijin, el antiguo guardián:
“El Estanque Nuevo no olvida lo viejo. Y si no se canta en unidad, volverá la disonancia.”
Akari, de regreso con los suyos, intenta compartir lo que vio. Pero los demás aún no lo entienden. Salvo una: Nami, una joven koi nacida sin voz, que sin embargo, lo entiende todo. Ella le muestra un gesto con sus aletas: una secuencia de notas… que Akari reconoce.
No está solo en lo que oye.
El agua recuerda.
Y las voces no van a callar.