La superficie de Mizu no Hikari brilla con un resplandor suave, como si la luna viviera permanentemente en su reflejo. Las aguas tranquilas rompen su quietud con los primeros saltos de los koi recién nacidos. No son simples alevines: nacen con conciencia, recuerdos fragmentados y una conexión directa con la luz que los vio nacer.
Akari, el primero en emerger, observa el cielo. Su escama dorada brilla con una pulsación suave. Aún no sabe quién es, pero una voz antigua susurra dentro de él: “Recuerda lo que aún no sabes.”
Desde la orilla, los Guardianes veteranos los observan. Renga, Aonami y Amaya han asumido el rol de guías. Kazan, Yuki, Tsuyo y Shōen patrullan los márgenes del nuevo estanque, donde la corriente aún no ha terminado de definirse.
Los nuevos koi muestran habilidades inusuales: uno canta sin abrir la boca; otra puede nadar en la sombra de su reflejo. Renga sospecha que no es casualidad.
Esa noche, durante el primer ritual de bienvenida, Akari escucha una melodía bajo el agua. No viene de los Guardianes, ni de los nuevos nacidos. Viene de las raíces del estanque, de un lugar que aún no ha sido cartografiado.
Cuando se acerca al fondo, una figura aparece: una koi translúcida, sin color, sin reflejo. No habla. Solo entona una nota. Una nota idéntica a la que Hikari usó para sellar a Kurojin.
Akari asciende bruscamente. El agua hierve a su alrededor.
Desde las profundidades, una grieta invisible se abre. El nuevo ciclo ha comenzado… pero no está solo.
Y no todo lo que renace… es luz.