De vuelta en la realidad de los estanques, Hikaru, Hana y Sui emergen del vórtice etéreo transformados. Pero el mundo que conocían ha cambiado: el cielo sobre los estanques se ha agrietado, como si una superficie de vidrio flotara suspendida, reflejando miles de lunas rotas. El Lago Mirai, conocido por ser sereno y eterno, ahora tiembla con olas lentas que suspiran como si estuvieran vivas.
Guiados por Aika, los protagonistas llegan al borde de una laguna desconocida, oculta en las brumas: Tsukiumi, el Lago Soñador. Cuenta la leyenda que este lago deseaba tocar el cielo y, en su arrogancia, atrajo una maldición que lo encerró entre la niebla, alejándolo de todos los reflejos.
El grupo conoce allí a Ruri, una joven koi de escamas violetas tornasoladas, la única habitante de Tsukiumi. Ruri, dulce y melancólica, revela que ha estado custodiando un fragmento del Cristal del Equilibrio, un artefacto que mantiene en armonía los flujos de luz entre los estanques. Sin embargo, el cristal se ha opacado desde que Hikaru fue llamado por su verdadero nombre.
Mientras el grupo trata de entender la relación entre Hikaru y los artefactos antiguos, Ruri les propone un rito: hacer que el Lago Soñador vuelva a ver el cielo. Para ello deben nadar en una danza espiritual, sincronizando sus energías, emociones y recuerdos.
El episodio se vuelve contemplativo y poético, con escenas de los koi nadando en círculos, sus luces entrelazándose, hasta que un haz de luz rompe la niebla. El cielo se abre sobre Tsukiumi, devolviéndole su reflejo. El cristal brilla de nuevo.
Pero no todo es paz: en lo profundo del lago, se despierta algo más… un eco oscuro que también desea alcanzar el cielo.