El vórtice bajo los pies de Hikaru y sus compañeros arrastra todo a una dimensión sumergida entre recuerdos y oscuridad líquida. Allí, una voz ancestral —profunda, serpenteante como una corriente de tinta— pronuncia el nombre oculto de Hikaru: “Mizuhiko”, un nombre sagrado que solo debía revelarse cuando el equilibrio entre los estanques estuviera en verdadero peligro.
Aika, aún debilitada, explica que los koi ancestrales sellaban partes de su verdadero ser con nombres secretos, capaces de despertar sus poderes más profundos… o condenarlos a perder su identidad. La revelación agita el alma de Hikaru: memorias desconocidas afloran, mostrando fragmentos de su nacimiento entre llamas de luz dorada y una figura encapuchada que lo envolvió en silencio. ¿Quién fue esa figura? ¿Por qué su nombre había sido sellado?
Mientras el grupo intenta orientarse en esta dimensión invertida, las aguas comienzan a rugir con voz propia. Emergen los Hijos del Silencio, espíritus koi deformados por siglos de olvido. Estas criaturas no atacan con violencia, sino que susurran dudas, mostrando a cada personaje el mundo que desean olvidar: Sui ve una visión de su hogar destruido; Hana se ve sola en un estanque seco; Hikaru ve a sus amigos alejándose de él.
El conflicto alcanza su clímax cuando Hikaru, llamado por su nuevo nombre, comienza a transformarse. Su luz cambia de azul a blanco plateado, y una nueva aleta dorsal luminosa se manifiesta, marcando el despertar parcial de su forma ancestral.
En un momento de claridad, Hikaru abraza tanto su luz como su oscuridad. Gracias a las palabras firmes de Hana y Sui, logra estabilizar su espíritu, liberando una onda expansiva que limpia la dimensión de los Hijos del Silencio.
Regresan a la Cámara de los Ecos. Aika, asombrada, pronuncia: “Ha comenzado… la Profecía de los Mil Reflejos”.