Guiados por la extraña vibración que surgió tras la restauración de la promesa, Mei y sus compañeros siguen el rastro de una melodía que nadie reconoce, pero que todos sienten familiar. Al adentrarse en los bordes olvidados del Reino Acuático, llegan a un lugar que no figura en ningún mapa: un estanque antiguo, cubierto por una niebla perpetua, y sin nombre.
Este estanque, al que Mei llama Yumemizu (Agua de Sueños), canta por sí solo. Pero no con voces koi… sino con sueños. Cada uno de los presentes escucha algo distinto:
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Kana escucha una canción de cuna que nadie le cantó, pero que le da paz.
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Shoma oye una sinfonía imposible que parecía vivir sólo en su imaginación.
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Tobi escucha pasos de danza dentro del agua, como si siempre hubieran estado ahí.
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Mei escucha el susurro de una voz no nacida… como si alguien del futuro la llamara.
Yumemizu no solo canta: sueña. El estanque contiene las melodías no compuestas, las voces no nacidas, las posibilidades que aún no fueron elegidas. Un estanque con conciencia propia… y un corazón de música viva.
Pero al intentar conectar con él, Mei siente que algo la observa desde el fondo. No hostil, pero sí inquietante: una figura koi translúcida, sin escamas, hecha de pura luz. No responde con palabras ni con canto, sino con una pregunta:
“¿Y si la Canción Original no fue creada… sino olvidada?”
La revelación sacude a Mei. ¿Y si la historia que todos conocen es solo un fragmento de algo mayor? Yumemizu es la clave… pero también una advertencia.
El episodio termina con una imagen serena y perturbadora: el estanque se duerme de nuevo… y sueña el rostro de Mei.