La recuperación parcial de Shoma revela un nuevo rumbo: antes de desaparecer, descubrió la ubicación de un estanque antiguo y prohibido, sellado por los fundadores de Harumizu: el Estanque del Juicio. No es un lugar de castigo, sino de revelación: un espejo inmenso donde la melodía interior se manifiesta tal como es, sin adornos ni máscaras.
Guiados por su promesa de buscar armonía antes del desequilibrio final, el grupo viaja hasta una zona olvidada del mapa, donde el agua parece suspendida en el tiempo. Al llegar, el estanque se abre como una flor de cristal, mostrando no su superficie, sino un fondo que refleja lo que cada uno oculta.
Una entra primero. Lo que ve no es su reflejo, sino a sí misma como si nunca hubiera despertado su canto: una versión muda, que observa con tristeza desde el fondo. Su corazón tiembla. Pero canta, aunque con voz temblorosa, y su reflejo parpadea… y asiente.
Shoma es el siguiente. Su reflejo es fragmentado, pero ahora, gracias al canto anterior, logra estabilizarse. Canta su cicatriz, y el juicio no lo condena, sino que lo acepta.
Sin embargo, Kana es rechazada. Su melodía, aunque perfecta, no es honesta. El estanque vibra violentamente. Suiro interviene y le canta un fragmento de su historia que Kana había enterrado: el temor a no ser suficiente sin su voz. Kana, llorando, por fin canta desde la verdad. El estanque se calma.
El grupo comprende que el juicio no es un castigo, sino un llamado a la autenticidad. Una vez todos cantan, el agua se eleva en espiral, y una figura aparece en el centro: una carpa dorada de voz profunda, el Guardián del Canto Original.
Con voz firme, les dice:
“La Canción Primaria despertará. ¿Están listos para decidir si debe ser cantada?”