Los koi viajan al límite más septentrional de Harumizu, donde se dice que el agua y el cielo se rozan: el Punto Umbral. Guiados por los vientos que portan las melodías del futuro, Una, Kana, Hikari, Mei y Tobi cruzan territorios olvidados, siguiendo un sendero de fragmentos suspendidos.
Al llegar, descubren una construcción majestuosa: una puerta formada por ondas cristalinas, suspendida entre cielo y estanque. Su estructura vibra con una melodía inaudible para los oídos, pero profundamente sentida por sus corazones. Mei la llama “La Puerta del Cielo Reflectante”.
Cada koi coloca una aleta sobre la superficie líquida de la puerta. Esta reacciona de forma distinta ante cada uno: a Kana le muestra un reflejo de sí mismo lleno de dudas; a Mei, una armonía aún por componer; a Hikari, una imagen de sí mismo silenciado; a Tobi, una partitura que se desintegra; y a Una, un cielo entero… sin estanques debajo.
El guardián del Punto Umbral, un koi sabio y de cuerpo casi translúcido llamado Suiro, emerge desde la puerta. Les explica que el Cielo Reflectante no es solo un espejo del futuro, sino también una promesa suspendida: cada canto tiene su momento para nacer, y si se abre la puerta sin estar listos, el tiempo puede desbordarse.
Suiro les advierte que los fragmentos están cayendo porque alguien está empujando las melodías futuras hacia el presente con fuerza desmedida. “El equilibrio entre lo que es y lo que será… se está quebrando.”
El episodio concluye con Una acercándose nuevamente a la puerta. Esta vez, una nota se escapa y la toca. Es suave… pero está viva. Se le clava en el pecho como un recuerdo de algo que aún no ha ocurrido.
Una susurra: “Esta canción… aún no tiene nombre.”