Con el Verso Final recuperado del Estanque sin Fondo, los koi se reúnen en un claro ancestral de Harumizu, donde los primeros cantos fueron entonados: Otokusa, el Jardín del Sonido Primario. Allí, los ecos del pasado flotan en el aire como hojas suspendidas. Es el único lugar donde la Canción Madre puede ser entonada por completo… pero también el único donde un error puede fracturarla para siempre.
Kana, Tobi, Mei, Hikari y Nokuro se disponen a ensayar la unificación. Cada koi representa una parte: el ritmo (Tobi), la armonía (Mei), la estructura (Hikari), la emoción (Kana), y la disonancia integrada (Nokuro). La tarea es compleja: deben cantar como uno solo sin perder sus individualidades.
El primer intento falla. Nokuro se desincroniza, no por rebeldía, sino por miedo. Su voz aún guarda fragmentos de rencor. El segundo intento es más fluido, pero Mei se bloquea: el peso de tantos recuerdos rescatados del fondo le abruma. El tercer intento termina en silencio, cuando Kana detiene la melodía al sentir que el canto no nace del corazón, sino del deber.
En su frustración, los koi se separan. La armonía parece inalcanzable.
Esa noche, Kana se sumerge en soledad. Escucha cada parte del canto por separado y se da cuenta de algo revelador: la Canción Madre no debe sonar perfecta… debe sonar verdadera. No es una canción de pureza, sino de integración. Una en la que cada voz, incluso la rota o la discordante, tiene un espacio.
Al amanecer, Kana reúne al grupo y propone un nuevo enfoque: no buscar la armonía perfecta, sino aceptar la melodía tal como fluye. No controlarla… escucharla.
Así, la Canción Madre comienza a emerger de forma natural. Aún incompleta, pero viva. Vibrante. Real.
Harumizu empieza a resonar con una luz que no se había sentido en siglos.