Tras escapar del Estanque Roto, el grupo se dirige hacia una zona conocida como Nayumizu, un rincón remoto donde, según las leyendas, habita uno de los koi más antiguos: un sobreviviente del tiempo de los Armonistas, llamado Shōsei, el Iniciado Silente. Se dice que abandonó el canto por voluntad propia, encerrando su voz en una sola escama para no ser consumido por la armonía absoluta.
Kana siente que debe encontrarlo. La canción no la ha dejado desde el episodio anterior; susurros suaves la acompañan incluso cuando calla. Temiendo perder el control, implora a Hikari que, si algo ocurre, la contenga… cueste lo que cueste.
En Nayumizu, el agua es espesa como niebla líquida. Las melodías se diluyen antes de alcanzar el oído. Allí, entre ramas hundidas y piedras talladas con símbolos antiguos, encuentran a Shōsei: un koi de escamas grises como ceniza, con los ojos cerrados y una única escama dorada visible en su costado.
Shōsei no canta, pero al ver a Kana, su escama dorada emite una vibración profunda. Los demás la sienten como un pulso bajo la piel. Hikari intenta explicarle la amenaza, pero Shōsei no responde… hasta que Kana entona sin querer una nota del anticanto.
Entonces, Shōsei abre los ojos. Oscuros. Profundos. Llenos de memoria.
Él no habla, pero sus pensamientos fluyen como corrientes compartidas. Revela que el anticanto no es solo una amenaza: es una prueba. El ciclo no fue hecho para permanecer igual eternamente. Debe adaptarse o repetirse hasta el colapso.
Y solo quien lleve la Escama del Iniciado podrá decidir: integrar el canto olvidado o destruirlo para siempre.
Kana, temblando, observa cómo su escama transparente comienza a brillar con un dorado tenue.
Shōsei asiente. Ha encontrado a su sucesora.