En medio de la inquietud creciente por los fragmentos de sombra, Mei recuerda una leyenda olvidada que sus ancestros koi le contaban: el Coral de la Memoria, una estructura viva capaz de almacenar todas las canciones que alguna vez fueron entonadas en Harumizu. Se decía que, si uno lograba hacerle cantar, revelaría no solo el pasado… sino también el futuro del estanque.
Guiados por Kana, cuya escama comienza a resonar con melodías de tiempos antiguos, los koi se aventuran a una zona profunda y cubierta de niebla marina, donde el agua vibra como si respirara. Allí, enterrado entre raíces, yace el Coral de la Memoria: petrificado, apagado… pero intacto.
Hikari intenta entonar una melodía suave del ciclo. Nada ocurre. Mei prueba una secuencia antigua de armonización. Silencio. Solo cuando Kana entona una nota incompleta, una que lleva el eco del anticanto, el coral reacciona: sus grietas se iluminan con un resplandor azul tenue.
De su interior emana una melodía fragmentada: voces superpuestas, recuerdos inconexos de koi que ya no existen. Entre ellas, emerge la visión de un estanque anterior a Harumizu, gobernado por Armonistas, donde la armonía fue impuesta y la diversidad, silenciada.
El coral no solo recuerda canciones… recuerda las consecuencias de cada una.
Kana toca el coral con su escama transparente. La imagen se vuelve clara: los Armonistas no fueron destruidos. Se disolvieron en fragmentos para que el canto no pudiera volver a ser entonado… salvo que alguien como ella lo reconstruyera sin saberlo.
Hikari queda paralizado: si Kana sigue absorbiendo esos fragmentos, ¿podría convertirse en la nueva fuente del canto prohibido?
Esa noche, el coral canta por sí solo una nota antigua y suave. No es advertencia. Es melancolía.
Porque incluso los recuerdos, en Harumizu, desean ser escuchados de nuevo.