Una calma extraña envuelve los estanques. Akari siente que algo se aproxima, pero no puede identificarlo. Esa noche, las aguas del Estanque Central vibran con una melodía conocida… demasiado conocida. Es la voz de Suijin, uno de los antiguos Guardianes desaparecidos al inicio del ciclo.
Todos acuden al estanque, con esperanza y sorpresa. Allí lo ven: Suijin, majestuoso, con escamas de luz marina… pero con un brillo artificial en los ojos. Su canto es perfecto… demasiado perfecto. No hay pausa, no hay emoción, solo precisión matemática.
Shira se adelanta, y sin necesidad de palabras, lo entiende: no es él.
—“No puede haber canto sin sentir. Esto no es melodía… es repetición vacía.”
La figura de Suijin comienza a descomponerse, revelando su origen: una proyección creada por la disonancia acumulada en los estanques prohibidos. Ha absorbido fragmentos dispersos de las emociones de los koi perdidos, intentando replicar el Canto del Umbral de forma mecánica.
El falso Suijin entona la melodía incompleta, buscando alterar el ciclo para instalar una armonía estática y sin cambio. Pero al hacerlo, su canto comienza a quebrarse.
Akari, Yuki y Kazan responden con sus notas verdaderas, cantando no desde la técnica… sino desde sus heridas, sus dudas y su crecimiento. La melodía de los Guardianes, aunque imperfecta, resuena con verdad.
El falso Suijin se disuelve lentamente, como una sombra enfrentada al sol. En su lugar, deja atrás un fragmento: uno oscuro, pero necesario. Es el fragmento del error, una nota que representa la necesidad de equivocarse para evolucionar.
Los Guardianes lo aceptan. Y mientras lo integran, una corriente cálida recorre los estanques.
Desde las profundidades, el verdadero Suijin, aún dormido… sonríe por primera vez en siglos.