Los ecos de los fragmentos reunidos comienzan a tomar forma, pero aún falta la resonancia que solo Renga puede hallar. Su escama brilla tenuemente, guiándolo al Estanque de los No Nacidos, una zona ignorada por la mayoría de los Guardianes. Allí, las aguas son profundas, pero no reflejan… sino que absorben los pensamientos.
Renga desciende con cautela. El agua está fría, casi sin vibración, pero pronto comienza a escuchar múltiples voces: suaves, desorganizadas, interrumpidas. No pertenecen a koi con historia, sino a intenciones no realizadas, a seres que estaban destinados a cantar… pero nunca llegaron a nacer.
Entre ellas, una nota llama su atención: una voz que casi suena como la suya, pero más insegura, más vacilante.
—“¿Y si tú no eras el que debía cantar? ¿Y si solo heredaste el lugar de otro que nunca llegó?”
Renga se queda en silencio. Por primera vez, duda de su reflejo, de su rol como Guardián. Recuerda cómo fue elegido tarde, cuando el ciclo ya estaba incompleto. Fue aceptado, pero siempre sintió que su voz llegó “después”.
En el centro del estanque, una figura casi formada lo espera. No tiene escamas. No tiene rostro. Es el koi que pudo haber sido… y no fue. Pero al escuchar la nota rota que Renga canta desde su pecho, el eco responde.
—“Tú me diste canto. Yo te di silencio. Ahora estamos completos.”
La fusión de ambos crea un nuevo fragmento: una nota doble, armónica, que suena diferente según quién la escuche. Renga asciende, comprendiendo que su origen no define su derecho a cantar. Lo que importa es que ahora su voz existe, y es parte del ciclo.
Con el fragmento en sus aletas, se une al grupo, su canto más firme que nunca.