Una mañana sin viento, Nami despierta sintiendo una vibración en su interior. No es una nota… sino una ausencia. Una melodía que canta solo con el silencio. Como si el agua misma respirara. Siguiéndola, llega a un claro donde un estanque debería estar… pero no hay agua, ni fondo, ni reflejo. Solo un hueco perfecto en el paisaje.
Sin embargo, Nami lo siente vibrar. Coloca una escama sobre la tierra seca y esta reproduce un ritmo. Una especie de “melodía negativa”, pausada, hecha de lo que no está.
Al regresar, comparte lo vivido con Shira, quien guarda silencio largo rato. Luego les cuenta una leyenda casi prohibida: hubo un estanque llamado Kurohama, que alguna vez fue parte del ciclo, pero que se tornó insostenible. No porque fuera maligno… sino porque olvidó cómo cantar. Sus Guardianes se silenciaron a sí mismos hasta desaparecer.
Kurohama fue sellado fuera del ciclo y de la memoria. Pero si su eco está vibrando de nuevo, significa que alguien está intentando reconstruirlo.
Renga propone que tal vez el ente que imita a Suijin está usando fragmentos de estanques olvidados para formar un nuevo ciclo artificial, uno que no dependa del canto real, sino del recuerdo distorsionado.
Más tarde, Nami regresa sola al lugar. Al colocar ambas aletas en la tierra, escucha un susurro:
—“El silencio también canta… cuando nadie lo interrumpe.”
La escama sobre su pecho parpadea y en su reflejo ve brevemente una koi de escamas rotas… pero con su misma voz. Es Nami. O al menos, una versión de ella que nunca cantó.
En el vacío del estanque seco… algo espera el momento de llenar el silencio con una canción que nunca debió escribirse.