El flujo del agua siempre regresa. Esa es la primera ley de los estanques. Pero esa mañana, Renga y Aonami descubren una corriente que no lo hace. Surge desde una grieta en la base sur del Estanque de la Luz y desaparece sin dejar rastro.
Ambos deciden seguirla. A medida que avanzan, notan que los colores del agua cambian: los reflejos se desdibujan, los sonidos se hacen más agudos, como si la melodía del estanque hubiera sido filtrada. Eventualmente, cruzan un umbral invisible y emergen en Utsurime, el Plano del No-Retorno.
Utsurime es un espacio suspendido entre ciclos. Allí flotan koi sin nombre, sin escamas, sin brillo. No están muertos, pero tampoco vivos. Son koi que fueron olvidados por el canto, sus voces nunca registradas, sus memorias inconclusas.
Una voz resuena en el agua. No tiene forma, pero habla con suavidad:
—“No recordéis el canto. Es peligroso. Dejadlo, y vuestro reflejo será eterno.”
Aonami, sensible al flujo emocional del entorno, siente que la voz ofrece alivio a cambio de silencio. Pero Renga, recordando la advertencia de Shira, se resiste.
—“Si entregamos el canto… el ciclo se vuelve prisión.”
En ese momento, un koi oscuro, de mirada vacía, se les acerca. Es Natsuo, un Guardián del ciclo perdido. Su voz es hueca:
—“Quise cantar… pero nadie escuchó. Aquí… no duele.”
Renga intenta despertar el recuerdo en Natsuo, pero la corriente de Utsurime lo arrastra. Solo Aonami logra sujetarlo antes de perderlo.
De regreso, Renga mira atrás. La corriente sigue allí. La voz también.
—“Volveréis… cuando olvidéis cómo suena vuestro nombre.”
Al regresar al Estanque de la Luz, Aonami llora en silencio. Parte de ella… casi se quedó.