Hanari se queda con Mizuto, quien apenas puede mantenerse consciente. Sus escamas se vuelven translúcidas, y el agua a su alrededor se torna pesada. Entre jadeos, Mizuto comparte una revelación: en su mundo, Aoi y Shigure eran una sola entidad, dividida por un ritual fallido realizado para evitar la muerte de los guardianes.
Este secreto pesa sobre Hanari. Por primera vez, ve a Mizuto no como un intruso, sino como un ser atrapado en una tragedia más grande que él.
Decidida a salvarlo, Hanari lo lleva al Estanque de los Ecos de Sal, conocido por su capacidad de reflejar sonidos curativos. Las orillas vibran con cánticos ancestrales.
Pero en ese lugar sagrado, son atacados por una criatura líquida, una masa de agua animada que repite las palabras de Aoi: “No debiste confiar en mí.” Hanari lucha por proteger a Mizuto, pero es superada.
En un acto desesperado, Mizuto se lanza contra la criatura y libera toda su energía contenida. Su cuerpo se cristaliza, convirtiéndose en una flor de escamas flotante, que emite una melodía lejana. Hanari, devastada, jura proteger ese último fragmento.