Con el eco del Último Recuerdo resonando en su interior, Mei regresa junto a Kana, Tobi, Nari y Shoma. En su mirada ya no hay duda: ha visto el origen, ha sentido la raíz, y sabe que ha llegado el momento de despertar el Canto Original.
Al comenzar la entonación, el agua del Santuario vibra. Las esferas de memoria estallan en luz líquida. Fragmentos de historias, rostros olvidados, lágrimas antiguas y risas desaparecidas flotan en el aire. Es hermoso… pero también caótico.
Las corrientes empiezan a colapsar. Algunos recuerdos se mezclan con otros. Un estanque de guerra se funde con uno de infancia. Canciones discordantes empiezan a chocar. El santuario tiembla.
Suiren aparece entre las aguas agitadas y le grita a Mei:
—“¡El Canto no es solo tuyo! ¡Nunca lo fue!”
Mei comprende de inmediato. El Canto Original no debe ser cantado por uno, sino por todos. Es un tejido de voces, no una sola melodía.
Entonces, se vuelve hacia sus amigos. Uno a uno, los invita a unir su canto. Pero no se trata de repetir una melodía, sino de cantar su verdad más profunda.
Kana entona una canción suave sobre el primer estanque que vio. Tobi canta sobre la risa que perdió. Nari susurra una melodía de su abuela. Shoma entona un canto fuerte, hecho de confianza y esperanza.
Las voces, tan distintas, se entrelazan. Y al hacerlo, algo sucede: el caos se ordena. Las memorias encuentran sus lugares. Las aguas dejan de temblar.
Mei cierra los ojos y entona el primer verso del Canto Original, no como líder, sino como parte del todo.
El Santuario entero brilla como nunca antes.
Pero algo se aproxima desde lo profundo. Una sombra que reacciona al canto…