Después del Segundo Silencio, los cielos de Harumizu se iluminan con un espectáculo nunca antes visto: los fragmentos que caían comienzan a emitir sonidos propios, como si respondieran al canto que rompió el silencio. Son notas sueltas, incompletas, pero vibran con un poder creciente.
Los koi, maravillados y cautelosos, suben a la superficie para observar este fenómeno. Mei describe las notas como “ecos de melodías futuras que aún buscan a su cantor”. Kana, sin embargo, sospecha algo más: muchas de esas notas parecen llamar por nombre a Una.
Guiados por las vibraciones, los koi viajan al Estanque de los Vientos Dormidos, donde las corrientes nunca se mueven… salvo cuando una canción nueva nace. Allí, los fragmentos empiezan a unirse en patrones flotantes. Se agrupan, chocan, giran y forman constelaciones musicales.
Suiro aparece, más serio que nunca. Les explica que lo que presencian es el nacimiento del Coro de los Fragmentos: una sinfonía sin director que intenta escribirse sola, utilizando piezas de futuros que aún no han ocurrido. Si esta sinfonía se completa sin el canto de los guardianes del presente, el orden de Harumizu podría volverse irreversible.
Cada koi intenta entonar una nota para estabilizar los fragmentos, pero sus voces son repelidas. Sólo Una parece ser aceptada. Canta una melodía suave y sin letra… y los fragmentos se calman.
Pero al final de su canto, uno de los fragmentos se fractura. De su interior sale un sonido distorsionado y oscuro, como si hubiese sido arrancado de una melodía prohibida. El cielo se abre apenas por un segundo… y una sombra enorme se vislumbra más allá.
El episodio termina con Una cayendo al agua, exhausta, mientras su reflejo canta… con voz propia, sin que ella lo haga.