Tras la travesía por Las Mil Tramas, el grupo llega a un antiguo estanque olvidado, apenas visible en los mapas del Canto Ciclo. Su superficie está cubierta por una neblina opaca y pesada. Este lugar, conocido en las leyendas como Kuronami, el “Estanque del Olvido”, es evitado incluso por los guardianes.
Pero los hilos que Kana tejió los han conducido hasta allí por una razón.
Nada más entrar, sus voces comienzan a desvanecerse. No es el silencio natural como en el Viento Silente; aquí, las melodías son devoradas. Hikari se siente inquieto, como si algo lo observara desde debajo. Mei escucha ecos de su propia voz, pero distorsionados, rotos. Tobi es el primero en advertirlo: “Algo aquí está… respirando.”
En las profundidades, una sombra se mueve. No tiene forma definida, pero su presencia es abrumadora. Kana, que intenta canalizar la armonía del grupo, siente una presión desgarradora. La entidad, llamada Nokuro, no es un koi. Fue una melodía que alguna vez perteneció al ciclo, pero fue rechazada por todos por ser demasiado caótica, demasiado cruda. Sin un cuerpo que la contuviera, se convirtió en sombra… una canción que quiso ser escuchada, pero fue olvidada.
Ahora, esa sombra despierta, atraída por la resonancia de Kana.
Nokuro no ataca, pero comienza a imitar sus voces. Habla como Tobi, canta como Mei, susurra como Hikari. Es una cacofonía aterradora. El grupo lucha no con fuerza, sino intentando mantener sus verdaderas melodías sin confundirse con la sombra.
Kana se enfrenta directamente a Nokuro. En vez de rechazarla, la invita a cantar con ella. No como enemiga, sino como parte de una nueva armonía. Por un momento, el estanque se tiñe de luz… y sombra al mismo tiempo.
Pero Nokuro no desaparece. Solo escucha… y espera.