El grupo alcanza una zona del estanque donde no hay corrientes, ni ecos, ni siquiera el leve murmullo de las aguas. Es una extensión completamente inmóvil conocida como el Viento Silente. Allí, incluso las melodías internas de los koi parecen apagarse. La paz es inquietante. Y peligrosa.
Tobi, el koi más impulsivo del grupo, comienza a sentir que su voz desaparece. A diferencia de los demás, su canto siempre ha sido rítmico, energético, vibrante… y ahora no puede emitir ni una nota. No hay resistencia, pero tampoco espacio para expresión. Es como si el silencio absorbiera su identidad.
En ese vacío, Tobi se encuentra con una figura inesperada: un koi etéreo llamado En, que dice haber renunciado a cantar para preservar el equilibrio del estanque. En le explica que en el Viento Silente, todos los cantos se desvanecen por respeto al gran descanso que una vez evitó que Harumizu se colapsara.
Pero Tobi no acepta eso. Él cree que incluso el silencio debe tener música, aunque sea leve, aunque sea para uno mismo. Así, decide componer su promesa, no como canto, sino como gesto: nadando en círculos concéntricos, creando ondas suaves, apenas perceptibles, pero constantes.
Es entonces cuando una pequeña vibración se propaga por el agua. Kana, desde la distancia, la siente y responde con una nota leve. Mei la acompaña. Hikari también. La melodía no se canta con fuerza, sino con intención. Y poco a poco, el Viento Silente les permite fluir de nuevo.
Tobi hace su promesa en silencio, pero clara: “Protegeré la voz de Kana, incluso si debo guardar la mía”. El Viento Silente lo escucha… y, por primera vez en generaciones, responde con una brisa.