Siguiendo las notas incompletas vistas en la escama transparente de Kana, Hikari y Mei descubren un sendero oculto entre las raíces de los corales sumergidos. Kana los guía en silencio, como si cada vibración del agua la orientara sin esfuerzo. Al avanzar, la corriente se vuelve más densa, casi silenciosa, como si el agua temiera respirar.
Finalmente llegan a una cámara subacuática cubierta por algas espirales. En su interior flotan ruinas: fragmentos de corales tallados con símbolos musicales desconocidos, esqueletos de estructuras circulares que alguna vez sirvieron de anfiteatro acuático. Todo está cubierto de un musgo que susurra.
Allí, Mei reconoce una melodía oculta entre las grietas del coral: un canto ancestral roto. No forma parte de ningún ciclo conocido. Kana se aproxima a una estructura central y, al tocarla con su escama transparente, activa una proyección de luz líquida. En ella se ve un grupo de koi de aspecto antiguo: distintos, con colas largas y ojos cristalinos. Son los Armonistas Perdidos.
Estas figuras cantaban no para fluir con el ciclo, sino para controlarlo. Sus cantos moldeaban el agua, aceleraban la floración, silenciaban lo no deseado. Al principio trajeron paz… pero al imponer una armonía absoluta, borraron toda variación. El ciclo colapsó desde adentro, y ellos desaparecieron.
—“Esta no es la canción del pasado,” murmura Mei. “Es el eco de un error que quiere volver a cantar.”
Kana, sin embargo, siente algo más profundo: no rechazo, sino llamada. El canto perdido aún vive, pero se rehúsa a dormir eternamente. Y ella, por alguna razón, puede terminar la melodía… o liberarla.
Al salir, Hikari se detiene. El agua a su alrededor ya no vibra con el ritmo de Harumizu. Algo ha cambiado.
En las ruinas, una última nota olvidada comienza a despertar.