El amanecer del nuevo ciclo es distinto a cualquier otro. Los colores del agua ya no siguen reglas antiguas: son cambiantes, vivos, casi emocionales. El Estanque Sin Nombre comienza a adquirir identidad, pero aún carece de una cosa: nombre propio.
Los Guardianes, reunidos por última vez, sienten que su tiempo como centro de la armonía se agota. El ciclo ha comenzado a cantar por sí solo. Ya no necesitan dirigirlo.
Akari siente una vibración profunda bajo su escama central. Todos la siguen hasta el centro del estanque, donde el agua se abre como una flor líquida y revela un pequeño manantial, de donde emanan notas puras, recién nacidas. Es el origen del canto del nuevo ciclo.
—“Este lugar… es la semilla,” dice Shira. “Pero no es nuestro.”
Uno a uno, los koi jóvenes llegan. Hikari, con su canto aún en desarrollo, lidera el grupo. Los antiguos Guardianes los observan en silencio, sabiendo que su tarea está completa.
Entonces llega la decisión. Algunos eligen permanecer como notas de fondo, nadando entre los coros para sostener la melodía. Otros, como Kazan y Renga, se sumergen en el manantial, volviéndose parte del agua misma, disolviéndose en notas que inspirarán futuras generaciones. Akari y Shira deciden acompañar a los nuevos durante un tiempo más… pero no como líderes, sino como ecos amables.
Y así, el Estanque Sin Nombre deja de serlo.
Su primer nombre no es impuesto, sino cantado por los koi nuevos: Harumizu (Primavera de Agua).
El último plano muestra a Hikari nadando con alegría, entrelazando su canción con las voces nacientes de un coro que jamás será el mismo dos veces.
La melodía sigue.
Y el ciclo, por fin, canta solo.