La nota del Acorde Silente abre una grieta entre los estanques y los fragmentos. De ella emerge Yari, ahora una koi cristalizada, con voz distante y mirada brillante. Kana corre hacia ella, pero Yari no la reconoce. Narakai ha envuelto sus recuerdos en un cascarón de perfección emocional.
Mei propone usar el Acorde como un vínculo emocional, no una cura. Kana canta desde el corazón, y la melodía alcanza a Yari, agrietando su cristalización. A través del canto, los recuerdos de ambas se entrelazan: juegos, promesas, lágrimas.
Yari despierta, temblando, pero libre. Su reflejo aún está roto… pero ahora sabe que no está sola. El grupo se prepara para la confrontación final con Narakai, quien comienza a formarse dentro del fragmento central del Espejo Sumergido.