Shoma se separa del grupo, abrumado por los destellos de Aogiri que hacen brillar sus emociones enterradas. Al llegar a una caverna de estalactitas resplandecientes, una cristalización de su enojo lo ataca: una figura espejo de sí mismo que lo culpa por todas las veces que se contuvo por los demás.
La batalla interna es física y emocional. Cuando está a punto de rendirse, Mei llega y le recuerda que el control no es debilidad: es amor. Con sus palabras, Shoma integra la figura espejo en su interior. Sus escamas comienzan a emitir un resplandor rojizo estable: ha dejado de temer a su rabia. Ahora la canaliza como fuerza protectora.