Mientras siguen el rastro del Canto de Luz, Mei y sus compañeros se adentran en una corriente ancestral que los lleva a un rincón sumergido en penumbra: el Hibiki no Kawa, un antiguo anfiteatro natural, cubierto de conchas y algas, donde las melodías del pasado flotan en el agua como huellas invisibles.
Allí, encuentran fragmentos de una partitura grabada en piedra coralina. Se trata de los restos de una canción inacabada. Según Nari, fue compuesta por Kashen, un koi poeta que dedicó su vida a crear una melodía capaz de sanar almas… pero nunca tuvo la oportunidad de compartirla. Murió en silencio, su canto perdido entre las mareas.
Mei, profundamente conmovida, decide completar la canción. Con la ayuda de todos, reconstruyen las notas ausentes: Kana aporta armonía suave, Shoma estructura la base rítmica, Tobi añade toques juguetones, y Mei entrelaza todo con su esencia única.
Cuando la melodía está lista, Mei se sienta en el centro del anfiteatro y canta. Su voz vibra en las piedras, en las corrientes, en las conchas. Poco a poco, los ecos del pasado se despiertan. Las notas de Kashen se entrelazan con las suyas, y por un instante, se percibe su presencia: un koi dorado, mirándola con gratitud desde lo profundo.
Los demás koi del lugar, que vivían mudos por respeto al silencio sagrado, levantan sus voces en homenaje. Por primera vez, la canción de Kashen es escuchada.
Al terminar, Mei susurra:
—“Ningún canto debe morir solo.”
El anfiteatro brilla con luz tenue, y una burbuja musical se libera hacia el cielo, como si Kashen finalmente pudiera cantar entre las estrellas.