Guiados por la gota de sabiduría entregada por los Suiren, Mei, Kana, Shoma, Tobi y el recién unido Nari llegan a una región oculta por nieblas constantes. Allí, descubren el estanque Tokigiri, el cual se encuentra partido en dos mitades exactas: una refleja el pasado; la otra, el futuro.
Al tocar el agua, cada uno comienza a ver cosas distintas. Kana observa a su familia perdida en una tragedia olvidada; Tobi se ve a sí mismo solo, convertido en un guardián sin hogar; Shoma ve una batalla que aún no ha peleado, y Mei… ve dos versiones de sí misma: una que se quedó en su aldea, y otra que sigue caminando hacia un destino incierto.
Los koi de Tokigiri —conocidos como Koyomi— nadan en círculos eternos, repitiendo memorias o atrapados en visiones que aún no han sido. Uno de ellos, Enrai, se acerca a Mei y le pregunta:
—“¿Y si el canto no es para cambiar el mundo, sino para aceptarlo?”
Mei, turbada, se sumerge en ambas mitades del estanque. En el pasado, consuela a su yo más joven; en el futuro, enfrenta una escena devastadora: un mundo sin canto, en ruinas. Sin embargo, decide no aferrarse a ninguna imagen. Sale del agua y canta una melodía que no pertenece ni al ayer ni al mañana, sino al ahora.
Ese acto rompe la línea que dividía el estanque. Los Koyomi quedan libres, y Tokigiri se convierte en un lago claro, donde el tiempo ya no se parte: simplemente fluye.
El episodio termina con Mei tomando la mano de Kana, sonriendo, diciendo:
—“Sea lo que sea que venga… cantaré mientras llegue.”