Con la Canción Madre finalmente comenzando a fluir, los koi perciben un cambio en las aguas de Harumizu. Estanques lejanos, incluso aquellos sellados por siglos, comienzan a vibrar suavemente, como si despertaran de un sueño profundo. Las corrientes se tornan más cálidas, y las luces reflejadas en la superficie adoptan nuevos colores nunca antes vistos.
Pero ese despertar trae consigo un eco: la Voz de lo Olvidado, una entidad que no es Nokuro… sino lo que Nokuro dejó atrás.
Durante generaciones, Harumizu silenció canciones que no se ajustaban a su equilibrio. No por maldad, sino por miedo al caos. La Voz de lo Olvidado es la suma de todas esas notas negadas, disonantes, errantes. Una sinfonía inconclusa de almas que deseaban ser oídas, pero fueron abandonadas en los bordes del estanque, lejos del ciclo del Canto.
Al comenzar la Canción Madre, esa voz resurge, pero no como amenaza. Es un llamado desesperado por pertenecer.
Los koi escuchan su lamento. Cada uno ve fragmentos de antiguos cantores: koi sin nombre, melodías que se extinguieron antes de resonar, incluso formas que no eran peces, pero que intentaron cantar. Kana, guiada por su sensibilidad recién descubierta, se interna sola en los antiguos canales secos, buscando esa voz para abrazarla.
Allí, encuentra a Una, un eco ancestral que jamás pudo nacer como melodía. No tiene cuerpo, ni forma… pero sus notas flotan como hilos de luz deshilachados. Kana no canta para ella. Solo escucha.
Esa escucha genera algo inesperado: Una comienza a tejerse lentamente, tomando la forma de una koi translúcida, hecha de sonido puro.
Por primera vez, lo olvidado es recordado. Y Harumizu cambia.
Ya no será el estanque de los que cantan bien. Será el hogar de todas las voces que aún no han aprendido cómo sonar.