La superficie del Estanque Quebrado tiembla cuando Aoi emerge, jadeando. El agua resbala como si fuera más espesa de lo normal. La visión de Shigure aún arde en su mente: atrapado, distante, casi irrecuperable.
Sakuya no lo sigue. Solo deja un último susurro mental: “No puedes salvar lo que aún no ha sido elegido.”
Aoi regresa al claro donde Mizuto estaba, pero todo está en calma. Solo Hanari lo espera, con la mirada baja. Ella no dice nada. Aoi nota que en sus aletas cuelga un pequeño fragmento cristalizado: los restos de Mizuto.
“¿Qué pasó…?”, susurra Aoi.
Hanari tarda en responder. Con voz seca, le cuenta cómo Mizuto se sacrificó para salvarla del eco líquido. No llora. Solo sostiene el fragmento con fuerza. “No sé si era bueno o malo… pero eligió protegerme.”
Aoi siente el peso de la decisión. Mizuto, esa parte de sí que no comprendía, ya no está. O al menos, no como antes.
Esa noche, ambos se acercan al Estanque de las Voces Dormidas, un lugar donde se dice que los recuerdos antiguos de los koi pueden cantar. Aoi quiere hablar con los ecos. Quiere saber si lo que siente por Shigure es real… o solo una ilusión implantada por el desequilibrio del tiempo.
El agua canta. Las melodías de los antiguos guardianes comienzan a emerger, pero algo va mal: Aoi y Hanari empiezan a olvidar detalles importantes. Aoi no puede recordar cómo conoció a Mizuto. Hanari olvida la forma de la flor que él dejó.
Entonces Aoi comprende: el canto está pidiendo un sacrificio de memoria. A cambio de revelarle la ubicación exacta de Shigure, debe soltar lo que siente por Mizuto, y con ello, todo lo que Mizuto fue.
Aoi duda. Mira a Hanari, que ya no recuerda el nombre del sacrificio.
Con lágrimas, Aoi se sumerge y ofrece el fragmento cristalizado al canto. El estanque se ilumina. Una sola frase emerge en su mente:
“Shigure está en el corazón del estanque que no existe.”
El episodio termina con Aoi sosteniendo el agua con las aletas temblorosas. Mizuto ya no vive en ellos. Pero la búsqueda continúa.