El grupo sigue el rastro dejado por el Coral de las Mareas Internas y desciende por una grieta profunda del lecho acuático, guiados por una corriente suave que parece tener voluntad propia. Allí, entre sombras antiguas y raíces de árboles que se hunden desde la superficie, descubren una caverna sumergida en penumbra: el Refugio del Guardián Sumergido.
Una vez dentro, el agua se torna más espesa, cargada de memoria y tiempo. Ecos de canciones pasadas resuenan en las paredes de la roca viva. Al centro de la gruta yace inmóvil una figura legendaria: el Gran Ryunari, un koi ancestral de escamas oscuras y ojos opalescentes, petrificado por el paso de mil lunas.
Según antiguos relatos, Ryunari fue un protector del Santuario de los Ecos, pero cayó en un sueño eterno tras absorber todo el dolor de una guerra ancestral. Su canción, sin terminar, aún vibra en el agua, buscando quien la despierte.
Namika se acerca con cautela. Al rozar las escamas del guardián, una visión envuelve a todos:
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El pasado revive: muestran una batalla entre clanes koi, antes de la era de los estanques unidos. Ryunari sacrificó su voz para sellar la discordia y mantener la armonía.
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En esa visión, Tobi aparece en un rincón del recuerdo, no como un combatiente, sino como un observador… intacto por el tiempo.
Cuando despiertan, el silencio se disuelve. Tobi, inexplicablemente, comienza a cantar una melodía antigua que nunca había oído… pero que conoce en el alma.
Es la Canción de Unión, el final perdido de la melodía de Ryunari.
El guardián abre lentamente los ojos. No habla. No necesita hacerlo. Con una mirada, transmite gratitud… y confía al grupo un fragmento del Mapa de los Ecos, la clave para entrar al último estanque.
Mientras ascienden, una grieta invisible se forma en la superficie del agua… y una sombra oscura los observa desde lo alto.
La armonía está despertando.
Y también, lo que la amenaza.