La calma posterior a su travesía por el Arrecife Oscuro se disipa rápidamente cuando el grupo llega a las Fosas de Irogami, una grieta submarina infinita donde la luz se curva y el agua parece pesar más. Es allí donde las emociones más dolorosas —como la desesperanza, el vacío y la soledad— caen y se acumulan, formando remolinos oscuros que distorsionan la percepción.
Shigure, aunque libre del coral, comienza a comportarse de manera errática. Aoi y Hanari descubren que las emociones acumuladas en la grieta están intentando apoderarse de él, explotando su culpa por haber estado inactivo durante tanto tiempo mientras el mundo seguía sufriendo.
En medio de su exploración, el grupo encuentra un antiguo templo en ruinas construido por kois ermitaños. Allí descubren una inscripción que revela que la novena perla emocional, la perla del duelo, solo puede ser encontrada si uno se deja caer al fondo de la grieta… y regresa.
Aoi decide sacrificarse, descendiendo solo. En su caída, enfrenta visiones de sus amigos desapareciendo, de un estanque vacío, de su reflejo marchito. Pero en ese abismo emocional, escucha una melodía… es la canción que su madre koi le cantaba de pequeño. Esa memoria lo reconecta con su propósito: no salvarlo todo, sino nadar a pesar del dolor.
Con un destello de luz, Aoi encuentra la perla del duelo y regresa a la superficie. Shigure, al verlo emerger, logra romper el control de la grieta sobre él.
El episodio termina con el grupo recuperando fuerzas, sabiendo que solo falta una perla más. Pero el cielo del océano ha cambiado. Una gran sombra se dibuja sobre ellos, como si algo enorme hubiera despertado en lo profundo.